Desde aquel día los comentarios han sido recurrentes.
Quiero aclarar, antes de empezar, que la persona que ha tenido uno de los papeles más importantes en esta historia de declive ha sido también una de esas a las que quieres con todo el corazón.
Mi abuela fue una de esas jóvenes guapas. Tanto, que mi abuelo se enamoró de ella con sólo verla. Tenían 13 años y desde entonces han estado juntos. Crecieron, tuvieron tres hijas a las que aman, y mi abuela, sin querer, desarrolló una obsesión con el culto al cuerpo. Una obsesión que hemos heredado.
No sé con cuántos años me lo dijo por primera vez, sólo sé que desde ahí sólo fue a peor.
La sensación de vacío que te queda dentro cuando una persona a la que adoras te dice que hay algo mal en ti es acojonante. ¿Cuántas personas habrán tenido que sufrirlo?¿Cuántos han tenido que vivir el cumplido más dulce seguido del hachazo más profundo?
Qué guapa eres, si estuvieras más delgada...
¿Sabes qué es lo más duro? Saber que ni siquiera lo hace con maldad. No te lo dice para hacerte daño, sino porque ella misma lleva torturándose toda su vida por no ajustarse al canon ideal de belleza. No quiere que te duela, quiere que seas mejor de lo que ella ha podido ser. No puedes culpar a alguien que lleva a las espaldas la mochila más pesada... Cuando esa persona no ha tenido los recursos para enfrentarse a sus peores pesadillas.
Imagina 27 años sintiendo un nudo en el estómago cada vez que cruzas el umbral de la casa de alguien a quien quieres. Entras con miedo porque sabes que, un día más, tu cuerpo no será suficiente para ella.
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